...Adrián se colocó a mi lado. Su calor era una presencia constante, casi asfixiante. Extendió la mano hacia el escáner de la vieja terminal, pero se detuvo antes de tocar el cristal. Por primera vez en nuestra historia, vi una sombra de duda en sus ojos.
—Si ponemos nuestras huellas ahí, Elena, no habrá marcha atrás —dijo con esa voz grave, cargada de una advertencia que pretendía sonar como protección, pero que yo sabía que era puro miedo al colapso de su propio mito—. La verdad sobre por qué