El impacto de la explosión nos lanzó al vacío. Por un segundo, el mundo fue solo el sabor del polvo y el zumbido eléctrico en mis oídos. Cuando logré abrir los ojos, estábamos en un espacio que el tiempo había borrado: una estación de tren subterránea, oculta bajo capas de historia y concreto, donde el aire sabía a ozono y a papel viejo.
Adrián me ayudó a levantarme. Sus manos estaban cubiertas de hollín, pero su mirada seguía fija en el frente, donde Vanessa nos esperaba rodeada de monitores.