El silencio en el túnel ya no era de miedo. Era de cálculo. Nadie hablaba. Nadie confiaba. Lucía Varela acababa de reescribir la realidad, y el peso de sus palabras nos aplastaba contra las paredes húmedas.
—Si vamos a exponer al Consejo —dijo Adrián finalmente, bajando el arma pero sin dejar de vigilarla—, necesitamos algo más que un archivo corrupto.
Lucía asintió con una parsimonia letal. —Necesitan acceso.
—¿Acceso a qué? —pregunté, apretando el USB contra mi palma.
—A su red interna. El C