El muelle viejo quedó atrás como una pesadilla que se disolvía en la distancia. El helicóptero nos llevó de regreso a la mansión en silencio. Adrián iba sentado a mi lado, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados, pero su mano nunca soltó la mía. La herida en su sien ya había sido suturada por el médico de emergencia, pero todavía sangraba un poco. Yo tenía la ropa manchada de su sangre y las lágrimas no dejaban de caer.
Cuando aterrizamos, Matilde nos esperaba en la entrada con