El eco del disparo de Adrián todavía rebotaba en las paredes de la cripta cuando el cuerpo del abogado cayó hacia atrás. La carpeta de cuero voló por el aire, desparramando hojas selladas sobre el suelo húmedo. Pero no hubo gritos, ni pánico entre los hombres que lo acompañaban. Los soldados corporativos simplemente se abrieron en abanico, impasibles, reemplazando al negociador caído por un muro de cañones de fibra de carbono.
—¡Muévete, Elena! —Adrián me lanzó hacia el hueco de un arco de pied