El sol apenas arañaba los rascacielos de la ciudad cuando salimos del Hotel Imperial. No habíamos dormido. No lo necesitábamos. La adrenalina y la sed de sangre corporativa eran combustible suficiente.
Lucía nos había conseguido ropa digna de la élite antes del amanecer. Adrián llevaba un traje negro a medida que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, carente de corbata, emanando un aura de dominación pura y brutal. Yo vestía un traje sastre de corte impecable, blanco impoluto, contrast