El hombre que cruzó las dobles puertas de roble no era un mercenario, ni un hacker, ni un matón del mercado negro. Era algo mucho más letal en nuestro mundo: un notario de la alta corte.
Felipe Montes.
El aire abandonó mis pulmones de golpe. Montes había sido mi mentor en la facultad de derecho, el hombre que me entregó mi título con una sonrisa paternal y, lo más importante, el albacea testamentario que gestionó las migajas que supuestamente habían quedado tras la muerte de Ernesto Rivas. Yo c