La pantalla del teléfono iluminaba mi rostro con un resplandor fantasmal. El aire en la opulenta Suite Presidencial del Hotel Imperial pareció congelarse, asfixiando mis pulmones.
En el video, la figura sentada en el despacho que alguna vez perteneció a mi padre levantó su copa de whisky hacia la cámara. La sonrisa arrogante, la mandíbula cuadrada, la elegancia impecable del traje a medida... Era un rostro que había visto cientos de veces en los retratos colgados en los pasillos de Varela Globa