La cabina de la camioneta olía a gasoil, a cuero cuarteado y a verdades a medias.
Avanzábamos en la más absoluta oscuridad por una carretera de tierra que apenas era un rasguño en el bosque. Lucía y Santiago iban ocultos bajo la lona en la caja trasera del vehículo, dejándonos a Adrián y a mí en un aislamiento casi asfixiante en la parte delantera.
El silencio entre nosotros era pesado. Mis labios aún ardían por la fricción del beso, y mi cuerpo seguía vibrando con los ecos de esa colisión salv