El silencio del poder absoluto tiene un peso específico, una textura densa que se asienta sobre los hombros como un manto de armiño y acero. Durante los últimos meses, nuestras vidas habían estado definidas por el ruido ensordecedor de la guerra: el repiqueteo de los teclados, los gritos en las salas de juntas, el eco de los disparos y el llanto frenético de los monitores médicos.
Pero esa noche, mientras observaba Manhattan desde los ventanales de nuestro ático, el único sonido que habitaba en