Las setenta y dos horas de plazo dictadas por el Círculo Áureo se consumieron en una agonía lenta y silenciosa. Nuestro regreso al ático no fue el triunfo majestuoso que habíamos imaginado, sino un encierro envuelto en el manto asfixiante de la incertidumbre. El dolor físico de mi posparto era apenas un eco sordo comparado con la tormenta psicológica que amenazaba con devorar a mi esposo.
Adrián casi no había dormido. Se pasaba las madrugadas meciendo a nuestro hijo frente a los inmensos ventan