La salida de aquel tribunal masónico había sido una carnicería legal. Los cinco ancianos del Círculo Áureo, privados de su poder jurisdiccional por la inmunidad diplomática de nuestro hijo, habían quedado reducidos a lo que siempre fueron: reliquias de un mundo que ya no les pertenecía. Pero la batalla nos había dejado exhaustos. La adrenalina se había drenado, dejando tras de sí un vacío que solo podíamos llenar el uno con el otro.
Regresamos al ático, ahora convertido en un santuario fortific