El silencio en la suite de recuperación se volvió denso, casi irrespirable. Las palabras de Valeria flotaban en el aire aséptico de la clínica como una sentencia de muerte diferida. Mi abuelo biológico, el arquitecto implacable del imperio Varela, llevaba una década enterrado bajo el mármol del panteón familiar. Yo misma había leído su acta de defunción.
Sin embargo, el correo que brillaba en la pantalla de la tableta de mi hermana, validado por el indescifrable Código Génesis, portaba su firma