La ciudad de Nueva York se sentía como un hormiguero en estado de alerta. Desde las ventanas del ático, veíamos el despliegue de helicópteros de prensa y las hordas de periodistas rodeando la base de la Torre Varela. El escándalo sobre la "legitimidad" de nuestro matrimonio y de nuestro hijo se había extendido como un virus, infectando las portadas de todo el mundo.
—Quieren probar si somos una farsa —dije, ajustándome un broche de diamantes en el hombro—. Muy bien. Les daremos la verdad. Pero