Aquella voz ronca y temblorosa al otro lado del teléfono derrumbó de inmediato el muro de hielo que Diego acababa de construir. Sin embargo, no era la voz de Elena.
—¿Diego?... ¿Eres tú, hijo?
Diego se quedó atónito. Su corazón, que por un instante pareció detenerse, comenzó a latir con un ritmo diferente. —¿Abuela? ¿Abuela Martha?
—Diego, gracias a Dios... —La voz de la abuela Martha sonaba agitada, entrecortada por el rugido de un viento fuerte. Daba la impresión de estar al aire libre o en u