—Dile que me espere en tu oficina, Martin.
La voz de Arez sonó gélida. Entrecerró los ojos con firmeza, dándole una señal implícita que su primo captó de inmediato.
Martin, que conocía a la perfección el carácter de Arez, asintió sin dudarlo. Reconocía esa mirada: Arez no iba a permitir que nadie interrumpiera su tiempo a solas con Elena, mucho menos ese hombre llamado Sebastian.
—Entendido, jefe. Yo me encargo —dijo Martin a toda prisa. Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta del despacho