—¡No te quedes ahí parada, Elena!
Ese grito resonó en la bodega de muestras de la oficina justo antes de que el crujido de la madera al romperse retumbara con fuerza.
Elena alzó la vista de inmediato. Un estante de hierro de dos metros, repleto de muestras de piedra natural y materiales pesados, comenzó a inclinarse de pronto, perdió el equilibrio y se vino abajo justo en su dirección.
Las piernas de Elena se paralizaron al instante. Se quedó clavada en el suelo, incapaz de dar un solo paso.
En