—¡Maldita sea! ¿Por qué no pueden despejar la vía? —Diego golpeó el volante con la mano derecha, mientras con la izquierda presiona el teléfono contra su oído.
—Es una autopista pública, señor Diego. No tenemos autoridad para detener a los demás vehículos en diez minutos —respondió la voz de su secretaria al otro lado de la línea, sonando frenética y temblorosa.
—¡No les pago para escuchar excusas! Comuníquese con las autoridades ferroviarias de Zaragoza ahora mismo. ¡Retengan el tren número do