—¡Abran esta puerta ahora mismo!
Diego golpeó el cristal de la oficina central de la estación de tren de Atocha con los puños. Su respiración era agitada, acelerada en medio del aire de la noche madrileña que se volvía cada vez más tensa. Varios oficiales de seguridad de la estación se acercaron rápidamente a él, reconociendo al hombre que aparecía con frecuencia en las revistas de negocios nacionales como alguien con quien no se debía jugar.
—Señor Diego, por favor cálmese, estamos trabajando