—¡No dejaré que me separen de mi bebé cuando nazca!La voz de Elena rompió el silencio de la gélida calle, pero su valentía pareció evaporarse cuando Diego, lejos de retroceder, apretó su agarre. La enorme mano del hombre ya no solo la tocaba, sino que apresaba su mentón con fuerza, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás hasta que los músculos de su cuello se tensaron. Al mismo tiempo, el otro brazo de Diego rodeaba su cintura, pegándola tanto a él que el aire desapareció entre sus cuerpos.Diego la observó con fijeza, recorriendo cada centímetro del rostro de Elena, pálido pero lleno de resistencia. Había un destello de admiración en sus ojos oscuros; un reconocimiento a esa determinación que no se doblegaba a pesar de estar bajo su yugo.—¿Crees que tienes voz en este asunto, Elena? —susurró Diego, casi rozando sus labios.Mónica, que observaba a escasos metros, sintió que los celos le quemaban el pecho. Ver a Diego tocar a Elena de esa manera —lleno de furia, pero al mismo ti
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