La habitación estaba inundada por la luz cálida del sol matutino. El resplandor del mar rebotaba contra los ventanales abiertos, colándose en la estancia con una claridad dorada. Afuera, el sonido suave de las olas y el canto distante de las gaviotas marcaban el ritmo tranquilo del día. Anne se encontraba de pie junto al ventanal, con una taza de café entre las manos y la bata blanca del hotel envuelta en su cuerpo. Su cabello aún húmedo caía en ondas relajadas sobre su espalda.
Observaba en si