Dolorosa verdad.
En la penumbra elegante del salón privado del hotel Miramar, Eleanor Lewis Benson esperaba sentada con una copa de brandy entre los dedos. La luz tenue acentuaba las arrugas bien disimuladas por los años y el bisturí. Su mirada era fría, afilada como siempre. El abogado entró puntual, como era su costumbre. Cerró la puerta tras de sí y dejó una carpeta de cuero sobre la mesa.
—Ya está hecho, señora Eleanor —informó con voz neutra—. Entregué personalmente la notificación a Jonah Lewis Benson Jr.