Llegué a casa con una inquietud extraña. El encuentro con ese chico había sido... diferente. Algo en él me había dejado con una sensación difícil de explicar.
En el comedor me esperaba Alexander, mi esposo. Su rostro lucía tenso, serio, con ese gesto adusto que solo mostraba cuando algo grave sucedía. Intuí que algo no andaba bien en una de sus empresas.
Me acerqué a él y le di un beso suave en los labios.
—Buenas tardes, Alex —lo saludé con una sonrisa—. Llegué un poco tarde, te pido disculpas