Después de mi “sí, acepto”, todo pasó en cámara lenta. Él me besó suavemente en los labios. Yo, en estado de shock, sonreía y asentía como si fuera la novia más feliz del mundo. Alexander me tomó de la mano con firmeza, de forma posesiva. Durante el baile de novios, realicé cada paso con una sonrisa perfectamente ensayada.
En ese interminable vals, su voz me sacó de la burbuja que había creado para desconectarme de todo.
—Es hora de comer, Annie. Luces pálida y no quiero que te desmayes. Debemo