Me sentía tranquila en el avión. No platicamos, solo me senté y me puse a dormir. En uno de los asientos me quedé profundamente dormida. Al parecer, todas las emociones de los días anteriores cayeron sobre mí, y dormí durante todo el viaje.
El hermoso mar Caribe nos recibía en todo su esplendor. Estaba amaneciendo. Los destellos del sol que iba naciendo se reflejaban como miles de pequeñas estrellas sobre el agua. Reconocí el lugar: era el Caribe mexicano.
Miraba el hermoso hotel de Alexander.