Faltaban pocos días para la boda. Michelle ya había llegado, y nos habíamos puesto al corriente de todo lo que estaba sucediendo en nuestras vidas. Hablamos especialmente del testamento y sus cláusulas. Como abogada, pensaba que tal vez encontraría alguna laguna legal, pero el abogado de mi abuelo —su notario y hombre de confianza— era un viejo zorro. No contenía ningún error.
Mi abuelo se había encargado de que no existiera ninguna fisura legal. Así que tendría que cumplir con todo lo estipul