El silencio en la habitación era un depredador. La furia de Wolf era una presencia palpable, más fría y aterradora que la propia noche. Me había ordenado que me desvistiera, pero mi cuerpo se negaba a obedecer, congelado por el terror y la resistencia. No me movería, no le daría la satisfacción de ver mi espíritu doblegado.
Wolf dio un paso hacia mí, la oscuridad de la habitación acentuando su imponente figura. Sus ojos, en la penumbra, eran dos brasas ardientes. Podía sentir el calor de su ira