La oscuridad en la celda subterránea era absoluta, un velo pesado que me envolvía y me aislaba del mundo exterior. El aire era frío y húmedo, y el olor a tierra y moho se aferraba a mi ropa. Estaba sola, en una prisión más profunda y oscura que nunca antes.
Freyja se había asegurado de que no tuviera contacto con nadie. Su rabia, alimentada por los celos y la humillación, me había condenado a esta oscuridad. Los guardias apostados afuera de la celda eran un recordatorio constante de que mi libe