Wolf y el Anciano Gylfi se arrastraron fuera del castillo a través de un angosto túnel de drenaje, un pasadizo que Gylfi, como miembro del Consejo, había conocido en su juventud. El hedor de la humedad y el moho era abrumador, pero la promesa del aire fresco y la libertad era más fuerte.
Al salir a una zona boscosa detrás de los muros exteriores, Wolf soltó a Gylfi, que cayó al suelo y vomitó, agotado por el terror y el esfuerzo físico.
—¡Levántate, Anciano! —ordenó Wolf, su voz tensa por la urgencia—. Gorok nos pisa los talones.
Gylfi se limpió la boca con el dorso de la mano temblorosa. —Ya no puedo correr, Su Majestad. Mi cuerpo es viejo.
Wolf se arrodilló a su lado, con la euforia por la noticia de Christina luchando contra la adrenalina de la fuga. Tenía que controlar su poder, no podía permitirse una distracción.
—Tienes mi gratitud por este pergamino, Gylfi. Ahora debes terminar tu servicio. Necesitamos caballos. Dos. Y provisiones.
Gylfi tembló. —¿Volver al castillo?
—No al ca