Lysandra se deslizó por las cocinas y los pasillos de servicio con la precisión silenciosa de un fantasma. El minúsculo pergamino de Kael, envuelto en tela y oculto en el forro de su falda, ardía contra su piel, una verdad peligrosa que la consumía.
El camino a la Gran Sala se había convertido en una misión suicida. La guardia de Freyja estaba tensa, sus ojos escudriñaban cada sombra. Lysandra se mezcló con las sirvientas, utilizando una bandeja vacía como excusa para su presencia. Mantuvo la cabeza gacha, permitiendo que su apariencia de simple doncella la hiciera invisible.
Mientras Lysandra se acercaba a la doble puerta de la Gran Sala, escuchó el resonar de la voz de Freyja a través de la madera: el juramento estaba en marcha. No había tiempo que perder.
A kilómetros del castillo, en el corazón profundo del bosque, se alzaba la Casa de la madre de Wolf, Astrid. Este refugio secreto era el centro de la conspiración de la verdad.
En el interior, la Reina Christina estaba viva, pero