Lysandra se deslizó por las cocinas y los pasillos de servicio con la precisión silenciosa de un fantasma. El minúsculo pergamino de Kael, envuelto en tela y oculto en el forro de su falda, ardía contra su piel, una verdad peligrosa que la consumía.
El camino a la Gran Sala se había convertido en una misión suicida. La guardia de Freyja estaba tensa, sus ojos escudriñaban cada sombra. Lysandra se mezcló con las sirvientas, utilizando una bandeja vacía como excusa para su presencia. Mantuvo la c