El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la habitación del hospital, dibujando líneas doradas sobre las sábanas blancas que cubrían el cuerpo de mi padre. Llevaba allí tres días. Tres días desde que la bala le atravesó el pecho. Tres días desde que se levantó de su silla de ruedas por primera vez en años, impulsado por un amor que ni el cáncer ni los años habían podido extinguir. Tres días desde que el mundo se detuvo y volvió a girar, y yo aprendí que el miedo tiene un sabor que nu