Los días siguientes al atentado fueron un torbellino de caos y preocupación. Mi padre seguía hospitalizado, aunque fuera de peligro, y mi madre apenas se separaba de su lado ni siquiera para comer. William había duplicado la seguridad en la mansión y en el hospital, y los guardias patrullaban los pasillos con una tensión que se podía palpar en el aire. Walter había sido detenido, aunque su abogado ya lo había sacado bajo fianza, y Beatriz se había refugiado en el silencio, sin aparecer en ningú