No había muerto. Supe que no había muerto porque seguía sintiendo su pulso, débil pero presente, como un hilo que conectaba su vida con la mía. Pero estaba al borde. Tan cerca del abismo que casi podía verlo desaparecer.
Las sirenas se oyeron a lo lejos.
—Ya vienen. —Dijo William, colocando una gasa sobre la herida. —Ya vienen, Helena.
—No lo vas a perder. —Susurró mi madre, abrazándonos a los dos. —No lo vas a perder, hija. Es fuerte. Es el hombre más fuerte que conozco.
—No es fuerte. —Solloc