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Capítulo 41: La noche en el Cendra

POV: Sebastian

El Cendra está vacío a esta hora.

No del todo. Hay gente en la barra. Alguien riendo en una mesa del fondo. Pero el reservado de la izquierda está vacío. Siempre lo está cuando no hay nadie esperándolo.

Llegué hace una hora. No sé bien cómo terminé aquí. Caminé sin dirección hasta que mis pies me trajeron a este lugar. El único lugar en Aldenvera donde puedo estar solo sin estar solo del todo.

Jorge me ve entrar. No pregunta nada. Deja un vaso de whisky sobre la mesa y se va. Sabe que no quiero hablar. Sabe que no voy a querer hablar hasta que pase la segunda ronda.

Quizás ni siquiera entonces.

El sobre está en mi bolsillo.

Lo toco. Sigue ahí. La hoja adentro. Las palabras.

Técnicamente funcional como ser humano.

Las releí mil veces en la última hora. Sentado en un banco de una plaza que no conozco. Apoyado contra la pared de un edificio que no recuerdo. Caminando por calles que no sé si voy a volver a recorrer.

No importa cuántas veces las lea. No cambian. Siguen siendo las mismas. Siguen siendo verdad.

Saco el teléfono.

Valentina escribió. Lo vi hace rato. El mensaje llegó mientras caminaba sin rumbo. Lo leí y lo guardé. No respondí. No supe qué responder.

"Vuelve. Por favor."

Dos palabras.

Las abreviaturas de todo lo que no dijo. O tal vez no. Tal vez son solo eso: dos palabras. Una orden disfrazada de ruego.

Vuelve. Por favor.

¿A qué? ¿A la cocina? ¿A la cama? ¿A la mentira de que todo esto empezó de otra manera?

No empezó de otra manera. Empezó así. Con una lista. Con una evaluación. Con un técnicamente funcional como ser humano.

Eso no se borra.

Jorge trae la segunda ronda. La dejo sobre la mesa. No la tomo. No quiero emborracharme. Quiero sentir todo esto con claridad. Quiero que no quede ningún rincón donde esconderme.

El teléfono vibra.

Mateo: "¿Dónde estás?"

No respondo.

Mateo: "Sebastian."

Escribo: "Cendra."

Mateo: "Voy."

No le digo que no venga. No le digo que sí. Solo dejo el teléfono sobre la mesa y espero.

Llega en quince minutos. No conté bien. El tiempo es raro cuando todo duele.

Mateo se sienta frente a mí. Me mira. Ve el vaso lleno. Ve el otro vacío. Ve la cara que tengo.

—¿Qué pasó? —pregunta.

—Llegó un sobre —digo—. A la puerta del departamento. Con mi nombre.

—¿Qué decía?

—Una lista. De candidatos. Para el matrimonio de conveniencia de Valentina. Los otros tipos que consideró antes que a mí. Y una anotación. De Camila. Sobre mí.

—¿Qué anotación?

Técnicamente funcional como ser humano.

Mateo no dice nada. Su cara lo dice todo.

—Eso fue al principio —dice finalmente.

—Lo sé.

—Y ahora es distinto.

—Lo sé también.

—Entonces ¿qué haces aquí?

—Procesar —digo—. Necesito procesar que fui un candidato. Una opción. El menos malo de una lista.

—Fuiste el que ella eligió —dice Mateo.

—Porque los otros eran peores. Eso no es una elección. Es un descarte.

Mateo me mira. Toma su vaso. Bebe. Lo baja.

—¿La quieres? —pregunta.

—Tú sabes que sí.

—¿Ella te quiere?

—Envió un mensaje. Vuelve. Por favor. Eso es todo. No dijo nada más.

—¿Y eso no es suficiente?

—No sé. Necesito que sea más que eso. Necesito saber que no soy el que quedó después de descartar a los demás.

Mateo me mira largamente.

—Eso es el miedo hablando —dice—. El miedo a que no sea real. El miedo a que te lastimen. El miedo a que todo esto sea un error. Pero el miedo no es verdad, Sebastian. Es solo miedo.

—¿Y si es verdad?

—¿Y si no?

No respondo.

El teléfono vibra.

Valentina.

No es un mensaje. Es una llamada.

Miro la pantalla. El nombre de ella. La foto.

Mateo me mira.

—Atiende —dice.

—No sé qué decirle.

—La verdad.

—¿Cuál es la verdad?

—Que la quieres. Que te duele lo que pasó. Que necesitas tiempo. Pero que no la estás dejando para siempre.

—¿Y si no sé si es verdad?

—Entonces díselo también.

Toco la pantalla. Acepto.

—¿Sebastian? —Su voz. Al otro lado. Lejana. Cerca.

—Sí —digo.

Silencio.

—Leí tu mensaje —digo.

—Y no respondiste.

—No sabía qué decir.

—¿Y ahora?

Miro a Mateo. Él asiente.

—Ahora tampoco sé —digo—. Necesito tiempo. Necesito pensar. Necesito entender si esto... si nosotros... si lo que sientes es real o es solo porque soy lo que te quedó.

El silencio de Valentina es pesado.

—Eso no es justo —dice.

—Lo sé.

—No fue solo porque eras lo que quedaba.

—Entonces ¿por qué fue?

—Porque eras el único —dice—. Desde el principio. Solo que no lo sabía. Solo que me tomó tiempo darme cuenta.

—Técnicamente funcional —digo—. Eso no suena a único.

—Eso fue Camila. No yo.

—Pero lo aceptaste.

Silencio.

—Sí —dice—. Lo acepté. Y me equivoqué. Fue un error. El más estúpido de todos. Pero no puedo volver atrás. Solo puedo decirte que ahora no te veo así. Que hace semanas que no te veo así.

—¿Y cómo me ves?

—Como alguien sin quien no sé estar. Como la persona que prepara dos tazas de café sin que nadie se lo pida.

Cierro los ojos.

Las dos tazas. Las nombró.

—Necesito tiempo —digo.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—¿Vas a volver al departamento?

—No esta noche.

—¿Mañana?

—No lo sé.

—Está bien —dice—. Tómate tu tiempo. Pero vuelve. Cuando estés listo. Yo voy a estar aquí.

Cuelga.

Apoyo el teléfono. Miro a Mateo.

—¿Bien? —pregunta.

—No —digo—. Pero menos mal.

Mateo asiente. Se levanta.

—Me voy —dice—. ¿Vas a estar bien?

—No sé.

—¿Vas a volver?

—No sé.

—Avisa cuando sepas.

Se va.

Me quedo solo. Pido la cuenta. Mientras espero, pienso.

Las dos tazas. Las nombró.

Tal vez es suficiente. Tal vez debería volver.

Pago. Salgo. Camino sin pensar. Pero mis pies van hacia el departamento.

Voy a volver. Voy a subir. Vamos a hablar.

Cruzo una calle. Otra. El edificio está cerca.

Saco el teléfono.

Y ahí está. Un mensaje. Un número que no conozco.

"¿Ya recibiste la primera parte? La segunda llega mañana."

Me detengo en la vereda.

¿La segunda parte? ¿Esto fue solo la primera?

Miro el edificio. Las luces del piso doce están encendidas. Ella está ahí arriba. Esperando.

Pero si esto fue solo el comienzo, ¿qué más puede venir?

No lo sé. Y eso me paraliza.

Guardo el teléfono.

No subo.

Me quedo en la calle, mirando las luces, sin saber qué hacer.

La segunda parte llega mañana.

Todavía tengo esta noche. Pero no sé si subir.

No sé si huir.

Solo sé que no puedo moverme.

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