Capítulo 42: La espera

POV: Valentina

Pasé la noche en el sillón.

No fui la cama. No pude. La cama huele a él. Las sábanas guardan su calor de anoche. Acostarme ahí sola era demasiado.

El televisor está encendido, pero no lo miro. Es solo un ruido para llenar el silencio. El mismo silencio que dejó cuando cerró la puerta.

Reviso el teléfono cada cinco minutos.

No responde.

Vuelve. Por favor. Eso le escribí. Lo leyó. Lo sé porque aparecieron los tres puntos. Escribió algo y lo borró. O no. Tal vez solo abrió el mensaje y lo cerró.

No sé qué es peor.

Índice Dow está a mi lado. No se mueve. No ronronea. Solo está. Como yo.

—Se va a enfriar —dice la cocina.

—El café ya se enfrió —dice la mañana.

—No preparaste café —dice la realidad.

No preparé café. No tenía sentido. Las dos tazas las prepara él.

Las dos tazas.

Se las dije. Por teléfono. La persona que prepara dos tazas sin que nadie se lo pida. Lo dijo él antes. O yo. No sé. Ya no sé quién dijo qué.

Pero lo dije.

Y él escuchó.

Y después dijo que necesitaba tiempo.

Y colgó.

Afuera oscurece. O aclara. No sé. Perdí la noción del tiempo.

Reviso el teléfono otra vez. Nada.

Camila escribió hace horas: "¿Jefa? ¿Todo bien?"

No respondí.

Renata también: "¿Hablaste con él?"

Tampoco respondí.

¿Qué iba a decir? Sí, hablamos. Me dijo que necesitaba tiempo. Que no sabía si iba a volver. Que soy la persona que prepara dos tazas, pero eso no es suficiente.

No es suficiente.

Nada es suficiente.

La noche se hace más noche.

O más día. Ya no sé.

Mis ojos se cierran solos. El sillón me traga. Índice Dow se acomoda en mi regazo. Su calor es lo único que no duele.

Cierro los ojos.

Un minuto. O una hora.

No sé.

Solo sé que en algún momento la oscuridad se vuelve más oscura y después se vuelve luz.

Y después hay ruido.

El ruido de una puerta.

No la del departamento. Esa no. Esa está cerrada desde que él se fue.

Es otra. Es un golpe. Una voz. No entiendo.

Abro los ojos.

El sillón. El televisor apagado. Índice Dow estirándose en el piso.

El día entró por la ventana. Luz del este. Luz de la mañana.

¿Dormí? ¿Cuánto?

Miro el teléfono. Las siete y cuarto. Dormí toda la noche en el sillón.

Sin mensajes.

Ninguno.

Sebastian no escribió.

Me levanto. El cuerpo está duro. La espalda duele. La cabeza también.

Voy a la cocina. La encimera vacía. Las tazas en el armario. El agua fría en el hervidor.

No preparo nada. No sirve.

Estiro el cuello. Necesito despertarme del todo. Necesito pensar.

El teléfono vibra.

Lo agarro rápido. Demasiado rápido.

No es Sebastian. Es Camila: "Jefa. ¿Sigo sin noticias suyas? Me preocupa."

Escribo: "Estoy bien. Después hablamos."

No es verdad. Pero es lo único que tengo.

Me ducho. El agua caliente no calma nada. Me visto. Traje negro. El de las batallas. El de las asambleas. El de los días donde necesito que nadie sepa que me duele algo.

No sé si voy a salir. No sé si voy a quedarme. Pero estar vestida ayuda. Da la ilusión de control.

El teléfono vibra otra vez.

Miro.

Sebastian.

No es un mensaje. Son varios. Uno detrás del otro. Como si hubiera estado guardándolos y los envió todos de una vez.

Abro el chat.

"Llegó la segunda parte."

"La que me mandó Rodrigo. O quien sea."

"La que tú no querías que viera."

"La que dice que soy 'el menos pelotudo'."

"¿Eso dijiste? ¿Eso soy para ti?"

"El menos pelotudo de una lista."

"No alcanza con las dos tazas, Valentina. No alcanza con nada."

"Necesito que me digas si alguna vez fue real. O si siempre fui solo el que quedaba."

Me quedo mirando la pantalla.

El menos pelotudo.

Llegó. Eso llegó. La frase que dije en mi oficina. La que Camila escuchó. La que nunca debió salir de ahí.

Ahora él la tiene.

Y duele. Duele como pensé que iba a doler. Más.

Escribo. Borro. Escribo. Borro.

No hay palabras. No hay palabras que arreglen esto.

"Sebastian. No fue así. No es así."

Él responde de inmediato. Como si estuviera esperando.

"¿Cómo fue entonces?"

"No sé explicarlo."

"Inténtalo."

"Al principio eras una opción. Sí. Una más. La mejor de las opciones. Pero después..."

"¿Después qué?"

"Después dejaste de ser una opción."

Silencio.

Los tres puntos. Aparecen. Desaparecen. Aparecen.

"No sé si creerte."

"No sé qué más decirte."

"Dime que fue real. En algún momento. En algún momento fue real para ti."

"Fue real. Es real. Hace semanas que es real."

"¿Desde cuándo?"

"No lo sé. Desde la cocina. Desde las dos tazas. Desde que te quedaste una noche y no te fuiste a la mañana."

Silencio largo.

"Necesito saber si alguna vez fue real. Antes de verte. Antes de cualquier cosa. Porque si nunca fue real, no puedo volver. No así."

"Fue real. Te juro que fue real."

"No sé si creerte. No sé si puedo creerte."

"¿Qué puedo hacer para que me creas?"

"No lo sé. Déjame pensar. No me escribas. Necesito tiempo."

"¿Cuánto?"

"No lo sé."

Apoyo el teléfono en la encimera.

El corazón me late demasiado rápido. O demasiado lento. No sé.

No viene.

Dijo que necesita tiempo. Que no sabe si puede creerme.

No me escribas.

Eso dijo.

Me quedo mirando la pantalla. El chat abierto. Sus mensajes. Los míos.

El menos pelotudo.

Eso escribió. Eso le mandaron. Eso soy para él ahora. No la persona que dijo que no sabe estar sin él.

La que se rio de él con su asistente.

La que lo puso en una lista.

La que eligió al menos peor.

Miro la cocina. Está desordenada. Las tazas de ayer en el escurridor. La encimera sin limpiar.

No importa.

Nada importa.

Él no viene.

Dijo que no sabe si puede volver.

Y yo no sé qué hacer con eso.

Solo esperar.

Como toda la noche. Como toda la mañana.

Solo esperar a que decida.

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