Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
La puerta se cierra.
El clic suave. El mismo de todas las mañanas. Pero esta mañana es distinto. Suena a final.
Me quedo en la cocina. No me muevo. No puedo.
La encimera está vacía. Las dos tazas que él iba a preparar siguen en el armario. El agua nunca hirvió. El café nunca se hizo. Nada de lo que pasa todas las mañanas pasó esta mañana.
Porque él se fue.
Y no sé si va a volver.
Miro el lugar donde estaba el sobre. Ya no está. Se lo llevó. La hoja con la lista. Las palabras de Camila. Técnicamente funcional como ser humano.
Eso escribió Camila. Eso vi yo. Eso acepté. En ese momento me pareció gracioso. Una anotación interna. Un chiste entre nosotras. Técnicamente funcional. Como si fuera un electrodoméstico. Como si no fuera una persona con sentimientos.
No pensé que él iba a verlo nunca.
No pensé que iba a doler así.
Apoyo las manos en la encimera. La tengo que sostener. La cocina da vueltas. O soy yo. No sé.
La hoja tenía más cosas. Los nombres de los otros candidatos. El ganadero. El de la aplicación. El político. El arquitecto. El médico. Una lista. Un catálogo.
Así empecé esto. Así elegí a Sebastian. Lo puse en una lista, lo evalué, lo comparé, y decidí que era el menos malo.
El menos pelotudo.
Eso no estaba en la hoja. Eso lo dije yo. En mi oficina. A Camila. Nunca se lo dije a él. Pero Rodrigo lo sabe. Alguien se lo contó. Alguien quiere que Sebastian lo sepa.
Eso va a llegar. No hoy. Pero va a llegar.
Y cuando llegue, va a doler más que esto.
Camino al living. Me siento en el sillón. El mismo donde Índice Dow duerme las siestas. Ahora está vacío. El gato debe estar en mi habitación. En la cama que compartí con Sebastian anoche.
Anoche.
Parece otra vida. Anoche dormimos abrazados. Anoche él me preguntó si podía volver a mi cama y yo dije que sí. Anoche estábamos bien.
Esta mañana se fue por una puerta que no sé si va a volver a cruzar.
Saco el teléfono. Miro el chat con Sebastian.
El último mensaje es de anoche. Él: "Buenas noches." Yo: "Buenas noches."
Nada más. Nunca escribimos cosas importantes. Lo importante lo decíamos en la cocina, a las dos de la mañana, con dos tazas de por medio.
Ahora la cocina está vacía. Y él no está.
Podría escribirle. Podría llamarlo. Podría decirle que lo siento. Que la lista no significaba nada. Que él no fue una opción. Que fue la única opción desde el momento en que lo conocí.
Pero no sería verdad.
Fue una opción. Lo elegí de una lista. Lo comparé con otros. Lo evalué. Técnicamente funcional como ser humano. Eso es verdad. Eso pasó.
Y si le digo que no pasó, le voy a mentir. Y si le miento, esto no se arregla nunca.
Entonces, ¿qué hago? ¿Qué se hace cuando la verdad duele más que cualquier mentira?
No lo sé.
Nunca lo supe.
Simone de Beauvoir no escribió sobre esto. No escribió sobre qué hacer cuando la libertad que tanto defendiste te deja sola en un sillón con un teléfono en la mano y ninguna palabra que sirva.
Miro el póster en mi estudio. Simone me mira con esa expresión que tiene. La de quien ya lo sabe todo. La de quien no va a venir a rescatarme.
Nadie va a venir a rescatarme.
Solo yo puedo hacer algo.
Pero no sé qué.
Llamo a Renata.
No sé por qué. Es la primera persona que se me ocurre. La que siempre tiene la respuesta. La que me dice la verdad aunque duela.
Contesta al tercer tono.
—¿Val? —Su voz cambia cuando escucha mi silencio—. ¿Qué pasó?
—Sebastian se fue —digo.
—¿Cómo que se fue?
—Recibió un sobre. Con una lista. De candidatos. De cuando estaba eligiendo para el contrato. Camila había hecho anotaciones. Técnicamente funcional como ser humano. Eso decía. Y él lo vio.
Silencio del otro lado. Renata procesa. Renata siempre procesa rápido.
—¿Y se enojó? —pregunta.
—No sé si enojado. Herido. Destruido. Se fue. Dijo que no sabía si iba a volver.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué sientes?
La pregunta me encuentra sin armadura. Sin ironía. Sin nada. Solo yo. Solo el miedo.
—Miedo —digo—. Tengo miedo de que no vuelva.
—¿Porque lo quieres?
—Sí —digo. La palabra sale fácil. Demasiado fácil. Como si hubiera estado esperando que alguien me preguntara para poder decirlo—. Lo quiero. Y no sé si eso alcanza.
Renata hace una pausa. La larga. La que hace cuando va a decir algo importante.
—¿Vas a ir a buscarlo? —pregunta.
—No sé dónde está.
—¿Llamaste?
—Todavía no.
—Entonces llama.
—¿Y qué le digo?
—La verdad —dice Renata—. La que me acabas de decir a mí. Sin filtros. Sin ironía. Sin el personaje de CEO que todo lo controla. La verdad de la mujer que se sentó en mi mesa hace semanas y me dijo que el cálculo era más complicado de lo que parecía.
—No sé si puedo.
—Poder puedes. Querer es otra cosa.
Cuelgo.
Miro el teléfono.
La verdad.
Lo quiero. Y no sé si eso alcanza.
Esa es la verdad. La única que tengo.
Abro el chat con Sebastian.
Escribo: "¿Dónde estás?"
Miro la frase. La borro.
Escribo: "Lo siento."
La borro.
Escribo: "La lista no significa nada ahora."
También la borro.
Miento. Significa algo. Significa que empecé esto de la peor manera posible. Y aunque después las cosas cambiaron, ese inicio no desaparece. Sigue ahí. Como una mancha. Como una herida que no termina de cerrar.
Escribo: "Vuelve. Por favor."
Miro la frase.
Son dos palabras. Las más difíciles que he escrito en mi vida. Más difíciles que cualquier cláusula de cualquier contrato.
No la borro.
La envío.
Me quedo mirando la pantalla.
Un minuto. Dos. Tres.
Los tres puntos. Está escribiendo.
Desaparecen.
Aparecen de nuevo.
Desaparecen.
No llega ningún mensaje.
Apoyo el teléfono en la mesa. Miro el techo.
Índice Dow aparece en la puerta del living. Me mira. Se acerca. Se sube a mi regazo. Ronronea.
—Se fue —le digo.
Índice Dow cierra los ojos. No le importa. O sí. Pero no puede decirlo.
Yo escribí vuelve. Él leyó. No respondió.
Eso es una respuesta.
La peor de todas.
Porque el silencio no es una palabra. El silencio es un vacío. Y yo me quedé sola en el medio de ese vacío, con un gato en el regazo y un teléfono mudo en la mano, esperando algo que no llega.







