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Capítulo 58: La noche después

POV: Valentina

Llegamos al departamento neutral después de la asamblea. Las dos de la tarde. El sol entra por las ventanas. Todo está igual. Las dos tazas en el armario. La encimera vacía. La cama deshecha. El silencio que pesa como una losa.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Sebastian.

—No lo sé. Pero quiero dormir.

—Son las dos de la tarde.

—No dormí anoche. Tú tampoco.

—Es verdad.

Me quito los zapatos. La chaqueta. El collar. Dejo todo sobre la mesa. Me siento en la cama. La mía. La que compartimos antes de que todo se rompiera. La que usé sola mientras él estaba en un hotel.

Sebastian se queda en la puerta de la habitación. No entra. No se va. Apoya la mano en el marco. La misma posición que tuvo tantas noches cuando no sabíamos si cruzar el pasillo.

—¿Te importa si me quedo? —pregunta.

—No. Pero no quiero hablar.

—Está bien.

Se acuesta a mi lado. No me toca. No me mira. Solo está ahí. Como aquella noche después de la conferencia de prensa. Como cuando todo empezó a ser real. Pero esta noche no hay conferencia. No hay crisis. No hay directores. No hay Isabel. Solo nosotros.

Cierro los ojos. No viene el sueño. Viene su respiración. Su calor. Su presencia. El roce de su ropa contra la mía. El peso de su cuerpo en el colchón.

—Sebastian.

—Dime.

—No quiero dormir sola.

—No vas a dormir sola.

—¿Te quedas?

—Toda la noche. Todos los días.

—No prometas cosas que no sabes si puedes cumplir.

—No estoy prometiendo. Estoy avisando.

Abre los brazos. No dice nada más.

Me acerco. Apoyo la cabeza en su pecho. Sus brazos me rodean. Su corazón late contra mi oído. Fuerte. Rápido. Como el mío.

—Te extrañé —digo.

—Yo también.

—¿Cuánto?

—No sé medirlo. No sé si quiero medirlo. Solo sé que no quiero volver a estar sin ti.

—Ni yo.

El silencio. Pero no es el de la pelea. No es el de la duda. No es el de la cocina a las dos de la mañana después de la filtración. Es el de dos personas que están eligiendo quedarse. El más difícil de todos. Porque no hay excusas. No hay contratos. No hay cláusulas. Solo nosotros.

Cierro los ojos. Esta vez, el sueño viene.

Despierto horas después. La habitación está oscura. Sebastian sigue ahí. Su brazo sigue alrededor de mí. No se movió. Su respiración es profunda. También durmió.

Miro la hora en el teléfono. Las nueve de la noche. Dormimos casi siete horas.

—¿Cuánto dormí? —pregunto, aunque ya lo sé.

—No sé. Yo también dormí.

—¿Hablaste con alguien?

—Camila escribió. Preguntó si estábamos bien. Le dije que sí. También mandó un enlace. Una playlist. 'Reconstrucción'. Tiene canciones de los ochenta. No sé por qué.

—Porque Camila es así.

—También mandó un mensaje para ti. Dice: 'Jefa, usted puede. Usted puede con todo. Pero si no puede, él está ahí. Déjelo ayudarla'. Le mandé un corazón. Espero que no te moleste.

—No me molesta.

Sebastian se incorpora. Me mira. Sus ojos están más tranquilos. No han desaparecido las ojeras. Pero ya no es el hombre que se fue al hotel. No es el que dudó en el pasillo. Es otro. Más quieto. Más presente.

—Peralta mandó un mensaje —dice—. Dice que Rodrigo ya está moviendo fichas para impugnar el resultado. Pero que no tiene base legal. Que no va a prosperar.

—Siempre moviendo fichas.

—Es lo único que sabe hacer.

—¿Algo más?

—Que Isabel llamó. Quiere hablar contigo.

—Ya lo sé. Me escribió.

—¿Vas a responder?

—No todavía.

—¿Cuándo?

—Cuando esté lista.

Sebastian asiente. No pregunta más.

Nos levantamos. Vamos a la cocina. Las dos tazas. El agua caliente. El café. El ritual. El mismo de todas las mañanas. Pero esta noche es distinto.

—¿Tienes miedo? —pregunta Sebastian.

—Sí.

—¿De qué?

—De que me duela. De que me importe. De que todavía la quiera un poco. Y de que eso me haga débil.

—No es débil querer a alguien que te traicionó. Es humano. Lo débil es no aprender.

—¿Y tú? ¿Aprendiste?

—Aprendí que no puedo hacer esto solo. Que te necesito. Que el orgullo no me abraza por las noches. Que la lista no define lo que siento.

—¿Y lo que sientes?

—No lo sé nombrar todavía. Pero es más grande que el miedo. Eso es suficiente.

Apoyo la taza en la mesa. Miro la ventana. Aldenvera está oscura. Las luces de la ciudad. Los edificios. Las vidas que no se detienen porque la nuestra casi se rompe.

—¿Vamos a estar bien? —pregunta Sebastian.

—No lo sé —digo—. Pero vamos a intentarlo.

—Eso dijiste ayer.

—Y lo digo hoy. Y lo voy a decir mañana. Hasta que sea verdad.

—¿Y si no llega a ser verdad?

—Entonces habremos intentado. Eso es más de lo que hace la mayoría.

Sebastian casi sonríe. Casi.

—Me estás robando las frases.

—Las aprendí de ti.

El teléfono vibra. Isabel otra vez.

"Val. Por favor. Necesito explicarte. No puedo dormir sin hablar contigo."

Miro el mensaje. Lo leo dos veces.

—¿Qué dice? —pregunta Sebastian.

—Que necesita explicarse. Que no puede dormir.

—¿Y tú? ¿Vas a contestar?

—No esta noche. Mañana.

—¿Y si mañana no sabes qué decirle?

—Entonces se lo digo. Que no sé. Que no estoy lista. Que me duele. No voy a fingir que no duele.

—Eso es más de lo que yo hice.

—Tú también estás aprendiendo.

Sebastian me toma la mano. La aprieta. No dice nada. No hace falta.

Terminamos el café. Lavamos las tazas. Las dejamos en el escurridor. Las dos. Juntas. Como siempre.

—Vamos a la cama —dice.

—¿Otra vez?

—A dormir. Solo a dormir. Estoy agotado.

—Yo también.

Apagamos las luces. Nos acostamos. Su brazo alrededor de mí. Mi cabeza en su pecho. Su corazón. El mismo que late desde que lo conozco.

—Sebastian.

—Dime.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no irte. O por volver. No sé. Por las dos cosas.

—Siempre.

Cierro los ojos.

El sueño viene. Sin vueltas. Sin pesadillas. Solo él. Solo yo. Solo nosotros.

Mañana va a ser otro día. Mañana voy a enfrentar a Isabel. Pero esta noche, no.

Esta noche, solo esto.

Cierro los ojos.

El sueño viene. Sin vueltas. Sin pesadillas. Solo él. Solo yo. Solo nosotros.

El teléfono de Sebastian vibra.

Él lo mira. Su cara se tensa. La mandíbula apretada. El ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —pregunto.

No responde. Me pasa el teléfono.

En la pantalla, el nombre de Rodrigo.

Y un mensaje sin abrir.

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