Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
Abro el mensaje.
"Bien jugado hoy. Pero esto no termina acá. Tengo información sobre Varel Industries. Si quieres que no llegue a los periódicos, habla con tu esposa. Que acepte el resultado. Que se vaya tranquila. Tienes veinticuatro horas. - R"
Bajo el teléfono. Miro a Sebastian.
—¿Qué información puede tener?
—No lo sé. Pero no podemos ignorarlo.
—¿Es verdad o es un bluff?
—No puedo arriesgarme a que sea verdad.
—¿Qué vas a hacer?
—Llamar a Mateo. Que investigue. Que hable con sus contactos. Alguien tiene que saber algo.
Sebastian marca. Sale al balcón. Habla en voz baja. No escucho las palabras. Escucho el tono. Tensión. Rabia contenida.
Vuelve.
—Mateo va a averiguar. Pero necesita tiempo.
—No tenemos tiempo. Veinticuatro horas.
—Entonces usemos esas horas.
—¿Para qué?
—Para prepararnos. Para que, si la información es real, tengamos una respuesta. Para que, si es un bluff, lo sepamos antes de que termine el plazo.
—¿Y si es real?
—Entonces caemos juntos. Pero no negociamos con él.
El teléfono vibra otra vez. No es Rodrigo. Es Camila.
"Jefa. ¿Está bien? Vi algo raro en la prensa. Un rumor sobre Varel. Algo sobre proveedores. No sé si es verdad. Pero quería avisarle."
—Camila dice que hay un rumor en la prensa —digo—. Sobre Varel. Sobre proveedores.
—¿Qué rumor?
—No especifica. Pero si llegó a la prensa, Rodrigo no lo inventó. Consiguió algo.
Sebastian toma el teléfono. Lee el mensaje de Camila. Su cara se pone más tensa.
—Voy a la oficina —dice.
—¿Ahora?
—Ahora. No puedo esperar a mañana.
—Voy contigo.
—No. Quedate. Descansa. Mañana va a ser un día largo.
—No voy a poder descansar sabiendo que Rodrigo tiene algo contra ti.
—Entonces no descanses. Pero quédate. Necesito saber que estás a salvo.
—¿A salvo de qué?
—De él. De Isabel. De lo que sea que estén planeando.
—No me va a pasar nada.
—Lo sé. Pero prefiero no arriesgarme.
Sebastian se viste. Agarra las llaves. Antes de salir, me besa. No en la boca. En la frente. Un gesto pequeño. Pero pesa más que cualquier palabra.
—Vuelve pronto —digo.
—Voy a intentarlo.
La puerta se cierra. El clic suave. Me quedo sola.
El teléfono vibra. Camila otra vez.
"Jefa. Hablé con un contacto en la prensa. El rumor es sobre un proveedor de Varel. Algo sobre facturación irregular. No sé si es verdad. Pero lo van a publicar mañana si no lo frenan."
"¿Quién lo filtró?"
"No saben. Llegó anónimo. Pero todos asumen que es alguien del entorno de Rodrigo."
"Gracias, Camila."
"¿Qué va a hacer?"
"Pelear."
"¿Sola?"
"No. Con él."
"Esa es la jefa que conozco. Avise si necesita algo."
Apoyo el teléfono. Miro la hora. Las tres de la mañana.
Sebastian está en su oficina. Mateo investigando. Camila vigilando la prensa. Rodrigo moviendo fichas.
Yo estoy acá. En el departamento neutral. En la cama que compartimos. Sola. Otra vez.
No. No otra vez. Esta vez es diferente. Esta vez él vuelve. Esta vez no huye. Esta vez peleamos juntos.
El teléfono vibra. No es Camila. No es Sebastian. Es un número que no conozco.
"Señora Monteclair. Soy Fernández, del directorio. Quiero que sepa que hoy voté a su favor. Y que si Rodrigo intenta algo, voy a apoyarla. No estoy de acuerdo con lo que hizo. Pero tampoco estoy de acuerdo con que la destruyan. Cuente conmigo."
Lo leo dos veces. Fernández. El indeciso. El que siempre espera para ver qué lado sopla el viento. Hoy se mojó.
"Gracias, señor Fernández. Lo voy a tener en cuenta."
"No me agradezca. Haga lo correcto. Y cuide a los suyos."
Guardo el teléfono.
Tres de la mañana. Y tengo un aliado nuevo. Fernández. Quién lo diría.
El teléfono vibra otra vez. Sebastian.
"Mateo encontró algo. No es un bluff. Rodrigo tiene documentos. No sé si son reales. Pero parecen reales."
"¿Qué documentos?"
"Facturas. Contratos. Algo con un proveedor de Brasil. No voy a poder dormir."
"Vuelve. Lo vemos juntos."
"¿No tienes sueño?"
"No. Estoy despierta. Preocupada."
"Voy."*
Llega en veinte minutos. Menos. No conté. Abre la puerta. Me abraza. No dice nada. Solo me abraza.
—Muéstrame los documentos —digo.
Saca el teléfono. Me pasa las fotos. Facturas. Fechas. Números. Sellos.
—¿Son reales?
—No lo sé. Pero si lo son, estoy en problemas. Si no lo son, Rodrigo las hizo armar. Cualquiera de las dos opciones es grave.
—¿Qué vas a hacer?
—Llamar al proveedor. Preguntar. Ver si puedo adelantarme.
—¿Ahora?
—Son las cuatro de la mañana en Brasil. También es de noche.
—Entonces mañana. Primera hora.
—Sí.
—¿Y si Rodrigo publica antes?
—Entonces habré perdido.
—No vas a perder.
—¿Cómo sabes?
—Porque estoy contigo.
Sebastian me mira. Sus ojos. Los mismos que me miraron en el lobby. Los mismos que nunca me tuvieron miedo.
—Gracias —dice.
—¿Por qué?
—Por quedarte.
—No me voy a ir.
—Lo sé. Pero gracias igual.
Nos sentamos en la cama. Los dos despiertos. Los dos mirando el techo. Los dos esperando.
El teléfono de Sebastian vibra. Rodrigo.
"Se me hace que no me creíste. Mira esto."
Un documento. Una carta. Papel membrete. Sello. Firma. Todo parece real.
Sebastian lo mira. Su cara se tensa más.
—¿Qué dice? —pregunto.
—Que el proveedor va a declarar. Que tiene pruebas. Que va a hablar con la prensa si no freno.
—¿Y cómo se frena?
—Pagando. O rindiéndome.
—No vas a hacer ninguna de las dos.
—No. Pero tengo que pensar en Varel. En la gente que trabaja conmigo. En los que confían en mí.
—Y yo confío en tí.
Sebastian me mira. Apaga el teléfono.
—Mañana —dice—. Mañana vamos a resolver esto.
—¿Juntos?
—Juntos.
Nos acostamos. Su brazo alrededor de mí. Mi cabeza en su pecho.
El sueño no viene. Pero él está.
Mañana. Mañana va a ser otro día.






