La noche caía con una quietud engañosa sobre la ciudad. Desde la mansión ubicada en las colinas, todo parecía estar en calma. Las luces cálidas de las lámparas iluminaban con suavidad el mármol blanco de los pasillos, y el murmullo lejano del viento rozaba los ventanales como un susurro casi imperceptible. En el interior, el silencio era tan denso que podía sentirse.
Jimena caminaba descalza por su habitación, con una copa de vino en la mano. Su camisón de seda marfil rozaba sus muslos como un