El lobby del hotel era moderno, iluminado con luces cálidas que reflejaban sobre las superficies doradas y mármol oscuro. Catalina se acercó al mostrador con su habitual elegancia, la columna recta y el rostro imperturbable, mientras Tiago se mantuvo unos pasos detrás de ella, con una media sonrisa dibujada en los labios.
—Buenas noches, tengo una reserva a nombre de Jimena Dávila —dijo con voz firme—. Quiero reservar otra.
La recepcionista tecleó rápidamente en la computadora.
—Sí, señorita,