La Alianza Prohibida

La reunión terminó con un silencio espeso que parecía haberse grabado en las paredes. Cuando Paris salió de la sala, supo que el edificio entero la observaba de la misma forma: con desdén, con juicios mudos, con la absoluta certeza de que no era digna del lugar que su padre dejó vacío.

El apellido Helmont ya no le abría las puertas. Ahora le caía encima como una carga maldita. Aun así, ¡cuando llegó a la mansión esa noche! Se detuvo en esa línea imaginaria y respiró hondo.

La casa de su infancia, enorme y solemne, la recibió con un silencio profundo. Ella apoyó la mano sobre la baranda de metal forjado, imaginando a su padre caminando por esos pasillos, revisando documentos, hablando por teléfono con voz firme.

—Yo también podría haberlo hecho, papá… —susurró, sintiendo una punzada en el pecho.

Se obligó a caminar por el vestíbulo como si la casa le perteneciera por completo. Porque ahora así era. La mansión Helmont. Su hogar. La única herencia que merecía por años de descuido y fiestas hasta clandestinas. Y quizá… se convirtió en su única defensa.

A la mañana siguiente, Paris estaba revisando antiguos documentos en el despacho de su padre. Quería entender porque ella después de todo no era la que se sentó en la silla ejecutiva. Quería aprender. Quería demostrar, aunque fuera para sí misma, que no era la niña caprichosa que todos creían.

El sonido del timbre cortó su concentración. —¿Quién…? —preguntó, asomándose al pasillo.

El mayordomo apareció en la puerta del despacho. —Señorita Helmont, el señor Andrew Kayser desea hablar con usted.

Paris sintió un nudo en la garganta. Un nudo de desprecio, de rechazo. —Dígale que se vaya. ¡No tengo nada que hablar con él!

El mayordomo asintió… pero no alcanzó a dar un paso cuando Andrew cruzó la entrada de la mansión sin esperar permiso, con esa seguridad insolente que lo definía. —Buenos días, Paris —saludó con una sonrisa que era mitad arrogancia, mitad algo más oscuro.

Ella frunció el ceño. —¡No te invité a entrar! —gritó ella arrojándole papeles inservibles en el rostro.

—Lo sé —respondió él, observando el despacho con curiosidad—. Pero tenemos asuntos que tratar. Y créeme… te conviene escucharme.

Paris enderezó la espalda, intentando mantener la dignidad que la empresa le había negado un día antes. —No tengo nada que negociar contigo. Ya te quedaste con lo que querías. ¡Ahora lárgate de mi vista! Eres igual que esa manada de lobos hambrientos, dispuestos a devorar todo a su paso para conseguir su objetivo.

Andrew sonrió de lado. Esa sonrisa que tantas mujeres confundían con encanto… pero que en realidad era una advertencia disfrazada. —¿De verdad crees que ya obtuve todo?

Ella sintió un pequeño temblor en el estómago. La atracción era inmediata, irritante, inevitable. Y lo peor era que Andrew lo sabía. Podía verlo en su postura, en la forma en que se acercaba sin invadir… pero sin dejarle espacio para huir.

—Paris —dijo él con voz baja, casi íntima—, entiendo que estés molesta. Y que creas que todo está perdido. Pero hay algo más… algo que podría beneficiarte. Mucho.

Ella entrecerró los ojos. —¿Qué clase de beneficio? Es tan cínico de tu parte venir a ofrecerme algo que no te pertenece, que ganaste y seguramente gracias al señor Anderson.

Andrew se tomó su tiempo, caminando alrededor de ella como si evaluara cada reacción. —Digamos —comenzó con calma— que tu padre dejó un vacío. Uno muy grande. Y tú… —la miró directo a los ojos— tienes más poder del que crees.

Paris arqueó una ceja, escéptica. —En la empresa no parece que piensen lo mismo. También me lo demostraste ayer. ¡Lo dejaste muy claro!

—La empresa no tiene que saberlo —contestó Andrew—. Solo tú… y yo. —esas palabras quedaron suspendidas en el aire, peligrosas, llenas de posibilidades.

La ética, la estrategia, el control se mezclaron con algo más humano, más carnal. Paris lo sintió. Andrew también.

Ella cruzó los brazos, intentando recuperar compostura. —¿Qué quieres proponer exactamente? ¿A que estas jugando?

Andrew dio un paso más, acortando la distancia hasta que ella sintió el calor de su respiración. —Una alianza —susurró—. Tú y yo. Un acuerdo… donde ambos ganamos.

Paris sabía que era una locura. Sabía que aceptar sería entrar en un juego cuyo diseño él controlaba. Pero también sabía que nadie en la empresa iba a darle una oportunidad.

Nadie excepto… él.

La voz de su padre resonó en su cabeza: "No puedes huir de tu propio futuro, Paris."

Ella tragó saliva. —Está bien. Aunque no es una respuesta definitiva, debo saber que tramas con todo esto. Debo saber ¿Cuál es el motivo real de tu propuesta? Nadie ofrece agua en el desierto sin pedir algo a cambio. ¡Habla! —dijo finalmente, abriéndole la puerta del despacho—. Quiero saber exactamente qué estás proponiendo.

Andrew sonrió con una sonrisa peligrosa. Una sonrisa que invitaba tanto al éxito… como al desastre. Mientras él se adentraba y acomodaba su trasero en el sofá, Paris no pudo evitar sentir que acababa de abrirle la puerta a un desconocido en los negocios, pero un cuerpo familiar en la cama. Podría ser la mejor decisión o la peor de toda su vida. Eso aun ella no lo sabía.

Paris cerró la puerta del despacho con un movimiento suave, casi elegante. Paris se mantuvo firme, aunque su respiración había cambiado. No sabía si era emoción, tensión o miedo, pero algo le recorría la columna como electricidad.

Andrew se acomodó frente a ella, apoyando las manos en el escritorio, estudiando cada gesto suyo. —Paris, necesito que entiendas lo que voy a proponerte —comenzó—. Necesito que lo veas no como un favor… sino como una oportunidad para ambos.

Ella levantó la barbilla, intentando no dejarse impresionar por su tono seguro. —De acuerdo. Te escucho. Solo no te atrevas a mentirme, puedo detectar mentiras de hombres como tú.

Andrew sonrió, esa sonrisa que parecía haber sido diseñada para desarmar y manipular al mismo tiempo. —Quiero que formes parte de la empresa —dijo sin rodeos.

Paris sintió que el aire se le atoraba en la garganta. —¿Perdón? Ayer estabas tan seguro y firme en mencionar que los negocios no se mezclaban. ¿Dónde quedó tu firmeza?

—Lo escuchaste bien —continuó él, esta vez acercándose un paso—. No conozco la empresa a fondo. No la historia, no las operaciones internas, no el corazón del negocio. Y tú… —ladeó el rostro con admiración apenas velada— tú creciste en esto. Lo respiraste desde niña. ¿Quién mejor para guiarme? Además… todo el concejo estaba frente a mi y vi la oportunidad de demostrarles que era fuerte.

Ella retrocedió su espalda un poco, incrédula. —¿Y qué se supone que haría yo? ¿Ser tu asistente? ¿Tu consejera silenciosa? ¿Tu… sombra? ¿Tu amante?

Andrew soltó una pequeña risa. —Oh no, Paris. Nada de sombras. Te propongo algo más grande. Compartir conmigo el título de CEO. Pero también podríamos ser amantes. ¡Eso si es realmente interesante!

El silencio cayó pesado entre ambos. Ella no parpadeó. Él no dejó de mirarla. Paris se mojó los labios, desconcertada. —Esto es una locura… ¿Qué diría el señor Anderson? ¿Y el consejo empresarial? Ellos fueron los primeros en asegurarse de que yo NO tuviera ningún tipo de autoridad.

Andrew levantó una ceja, acercándose aún más, a una distancia que la obligó a inhalar su aroma. Un aroma seductor, calculado, extraño en esa casa que todavía olía a su padre.

—¿El consejo? —preguntó él con un tono casi burlón—. Paris, el consejo no puede objetar nada. Me nombraron CEO. ¡Su CEO! Con eso, me dieron la potestad absoluta sobre las decisiones. Sus reglas, no las mías.

Ella entrecerró los ojos. —¿Y Anderson? Ese viejo es un lobo roto por la ambición y el deseo del poder de la empresa que no alcanzó a rebatarle a mi padre.

—¿Anderson…? —Andrew sonrió con malicia— No puede oponerse. Ellos mismos clavaron el clavo en su propio dedo. Tú no podrás dirigir sola la empresa. ¡Con todo respeto! Yo no puedo hacerlo sin conocimiento interno. La empresa necesita estabilidad. ¿Y si yo digo que tú eres esa estabilidad, Paris? No habrá quien me contradiga. ¿Entiendes?

El corazón de ella latía con fuerza. ¿Era esto real? ¿Era posible que, después de toda la humillación, la vida le ofreciera un giro inesperado?

Andrew entonces añadió, con voz baja, casi íntima: —Necesito tu lealtad, Paris. Y tú necesitas recuperar tu lugar. A tu padre le habría gustado verte aquí… Pero fuerte, no rota.

La mención de su padre la atravesó por dentro. Andrew lo notó. Y no desaprovecharía la ocasión para usarlo. Pero algo en su mirada tenía un rastro de sinceridad que Paris no esperaba.

—Piénsalo —susurró él, inclinándose un poco hacia ella—. Dos CEOs. Dos mentes. Dos fuerzas. Tú con el apellido. Yo con el poder. Podemos elevar esta empresa más alto de lo que tu padre soñó.

Paris desvío su mirada, nerviosa. Un calor extraño recorriendo sus venas. Era la oportunidad que siempre quiso… pero también una alianza peligrosa. Un pacto con un hombre que podía destruirla o elevarla. —¿Y qué esperas de mí exactamente? —preguntó ella con cautela.

Andrew la sostuvo con la mirada, intensa, firme, imposible de ignorar. —Que trabajemos juntos —respondió—. Que tomes tu lugar. Que dejes de huir.

Y que confíes en mí… aunque sea un poco.

Paris sintió el viejo temblor de inseguridad mezclado con algo nuevo y ardiente: ambición.

Respiró hondo. —De acuerdo —dijo finalmente, con voz suave pero firme—. Habla con claridad, Andrew. ¿Si voy a entrar al juego? Quiero conocer todas las reglas.

Andrew sonrió despacio, como un depredador satisfecho. —Perfecto, Paris. Entonces será un placer enseñártelas.

En ese instante, ambos entendieron algo sin necesidad de palabras: esa alianza podía convertirse en la fuerza que salvaría a la empresa o en el fuego que los consumiría a los dos.

El teléfono de Andrew comenzó a vibrar de manera insistente e inesperada. Ella le dijo: —Responde, es incómodo escuchar esa vibración.

Andrew observó el nombre en el teléfono y corto la llamada sin respuesta. —¡No es importante! ¿En que estábamos?

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