Déjà vu Venenoso

Las palabras de Andrew todavía vibraban en el aire cuando el mundo de Paris pareció partirse en dos. “Lo de anoche.” Ese comentario envenenado no solo la humillaba, la reducía a un ser insignificante.

Su respiración tembló. Y, como suele ocurrir cuando el dolor es demasiado, su mente retrocedió. Retrocedió a un tiempo donde todo parecía más fácil. Donde las consecuencias no existían. Donde Paris vivía como si la vida fuera una fiesta que nunca terminaría.

Años atrás…

—Paris, regresa a casa ahora mismo —la voz de su madre resonaba por el teléfono, cargada de cansancio—. Tu padre te espera para la reunión con los inversionistas.

La música retumbaba en el bar, luces de neón dibujaban colores sobre la piel de Paris, y ella apenas escuchaba entre risas.

—Mamá, por favor… faltan horas para que amanezca —respondió Paris levantando una copa—. Además, esas reuniones son interminables y aburridas. ¿No puede ir sin mí?

—No puede —insistió su madre—. Debes estar presente. Tu padre está haciendo todo esto por ti. Por tu futuro.

Paris volvió los ojos hacia el grupo de amigos que la alentaba a quedarse. Un chico le pasó un brazo por los hombros. Ella sonrió. —Dile a papá que mañana estaré en todas las reuniones que quiera. Hoy estoy ocupada ¡Viviendo!

Colgó antes de que su madre respondiera. Aquella fue la primera noche que llegó a casa a las cinco de la mañana. Su padre la esperaba en la sala. Ya la conocía demasiado bien. —¿Otra fiesta, Paris? —preguntó con una calma peligrosa.

Ella hizo un gesto despreocupado mientras dejaba caer su bolso. —Ay, papá… soy joven. No voy a vivir metida en una oficina como tú.

Él la observó con una mezcla de exasperación y tristeza. —Tienes el apellido Helmont. Eso implica responsabilidad.

—¿Responsabilidad? —ella sonrió con ironía, pero su risa estaba vacía—. ¿Responsabilidad para morirme de estrés como tú? No, gracias.

—No se trata de eso —dijo él, acercándose—. Se trata de que eres mi hija. Y un día tendrás que tomar decisiones importantes.

Paris desvió la mirada, molesta, sintiendo ese peso familiar sobre los hombros. —Papá, déjate de discursos. La vida es simple: yo disfruto, tú trabajas. No necesitamos cambiar eso.

Él suspiró, cansado de perderla un poco más cada día. —No puedes huir de tu propio futuro, Paris.

—Pues yo digo que sí puedo —sentenció ella, dándose la vuelta. Huyendo.

Siempre se escapaba hacia su habitación que aun era dentro de la mansión de los Helmont. Ella escapaba de los acuerdos, de los eventos, de las reuniones, de la empresa. Escapaba hasta de sí misma.

Su madre lloró más de una vez rogándole que dejara ese ritmo. Su padre, en silencio, empezó a perder la esperanza. Una de las últimas discusiones que tuvieron fue la más fría. —Paris, necesito que vengas mañana. Es importante —había dicho él una noche.

Ella ni siquiera levantó la vista del espejo mientras se retocaba el labial. —Tengo planes. No puedo cambiarlos cada vez que tú quieres hablar de números.

—No son números —respondió él, frustrado—. Es tu vida.

—Pues déjame vivirla como yo quiera —contestó con dureza.

Ella lo miró por el reflejo del espejo, lo observó rindiéndose. Pero en ese entonces, Paris no entendía lo que esa rendición significaba.

Volvió de golpe al presente que le hizo recordar lo que su padre en ese entonces deseaba que ella comprendiera. La sala, el testamento. La voz de Anderson atravesándola como un cuchillo.

—Su padre no confiaba en usted. Su vida, señorita Paris, siempre fue una irresponsabilidad tras otra. Esto no debería sorprenderla. —El orgullo le dolió como nunca le había dolido nada.

Andrew se cruzó de brazos con una sonrisa ladeada. —Lo de anoche fue divertido, pero ya deberías saber. —bajó la voz para que solo ella lo escuchara—. Que no se recompensa a quien no sabe comportarse como una futura líder.

Paris sintió que todo su pasado regresaba como un golpe directo al pecho: cada fiesta, cada noche sin rumbo, cada vez que ignoró a su padre, cada vez que eligió el mundo antes que su propia familia. Y ahora pagaba el precio.

Apretó los puños, pero esta vez no era rabia. Era algo más profundo. Una mezcla de culpa, de orgullo herido… y de una verdad que apenas ahora empezaba a aceptar.

Su padre no la había castigado. Solo la había descrito tal como era. Pero mientras el silencio se espesaba en la sala, algo dentro de Paris cambió. Un crujido interno. Una grieta abriéndose. No por la empresa. No por Andrew. Por él. Por Alejandro Helmont.

Por todo lo que ella nunca quiso ver. —Esto todavía no termina —susurró Paris, con una voz que no reconocía como suya.

Andrew mantenía esa sonrisa ladeada, victoriosa, tan llena de burla que a Paris le supo a un déjà vu venenoso. Era una expresión que ya había visto antes.

Una que la vida le había mostrado en un momento en que todavía creía que el mundo tenía algo de ternura para ofrecerle. Su pecho se apretó. No fue por rabia. Fue por memoria. Recordando aquella noche que la golpeo de frente y ahora lo estaba viviendo nuevamente, pero con un hombre diferente y con quien imagino que podría ser un salvador y no un verdugo.

La noche aquella había sido un torbellino de luces, música y copas que no dejaban espacio para la realidad. Paris vivía allí, en el vértigo, en la sensación de que cada movimiento era libertad absoluta.

Entre risas, alguien la tomó de la mano. Un chico joven, atractivo, con esa mirada que promete demasiado y luego no entrega nada. Ella no lo sabía entonces. Esa noche creyó que sí.

El amanecer llegó sin pedir permiso. Paris abrió los ojos y sintió un pecho tibio bajo su mejilla. El joven la rodeaba con un brazo, respirando aún con calma. Ella sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, sintió la ilusión de que quizá era algo más que una chica desesperada por escapar de su vida.

—Buenos días —susurró, esperando un gesto que confirmara la fantasía.

El joven abrió los ojos lentamente y le sonrió. Una sonrisa encantadora, casi dulce. —Fue una noche genial —dijo con una naturalidad que la hizo sonrojar.

Paris sintió mariposas absurdas en el estómago. —Sí… lo fue. ¿Cuándo nos volveremos a ver? —preguntó con un hilo de esperanza, una que nacía más de su soledad que de la conexión real.

El cambio fue inmediato. Su sonrisa se apagó. Su brazo se retiró como si quemara. —¿Volvernos a ver? —repitió con una risa seca—. No, no, no. Yo no hago eso.

Ella parpadeó, confundida. —¿Cómo que no…?

El joven se incorporó, recogiendo su camisa del suelo, sin mirarla. —Solo busco diversión por una noche, Paris. Lo dije ayer, ¿no? —se encogió de hombros—. No me gusta repetir lo que me como.

Las palabras fueron un golpe directo, inesperado. Un frío que le recorrió el cuerpo. Un silencio que se tragó todo rastro de ilusión. Ella se quedó sentada en la cama, abrazándose las rodillas, sin saber si debía llorar, gritar o fingir que no le importaba.

Pero sí le importaba. Mucho más de lo que podía admitir. Ese día fue el primero en que sintió que la vida podía ser despiadada. Que sus decisiones, su libertinaje, su huida constante… tenían un costo.

Volvió al presente con una punzada en el pecho. Andrew seguía ahí, cruzándose de brazos, mirándola como si fuera un entretenimiento pasajero. Como si anoche no hubiera significado nada. Como si ella no valiera nada.

La misma mirada. La misma burla. La misma lección repetida. La vida parecía estar restregándole sus errores, uno por uno… como si quisiera asegurarse de que esta vez no pudiera escapar.

Paris sintió el aire volverse más frío a su alrededor. Estaba en la sala de juntas de la empresa que debería ser su herencia, rodeada de enemigos disfrazados de socios, sin su padre para sostenerla, sin nadie realmente de su lado.

Y por primera vez, la soledad se sintió brutalmente real. Apretó los labios con fuerza. No podía llorar. No podía quebrarse delante de ellos. Mientras sostenía la mirada de Andrew, una certeza se clavó en su interior: La vida le estaba mostrando todo lo que había perdido… y todo lo que tendría que pelear sola para recuperar.

Y ese recuerdo del chico, esa humillación que la dejó rota por dentro, se convirtió en fuego. No para quemarla. Sino para encenderla. Esta vez, Paris no iba a dejar que la pisotearan. Ni que la vida eligiera por ella. Aun así, no tenía una sola estrategia activa para confrontar lo que ahí estaba viviendo.

Ella abofeteo a Andrew antes de gritar con un tono que se podría confundirse con una amenaza real: —¡Esto no termina aquí! Estaré dispuesta a pelear sin importar el costo que represente. —Paris se marchó dejando a Andrew con la mejilla marcada y la burla de algunos empresarios incluyendo la del señor Anderson.

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