El camino hacia la superficie estaba bloqueado por las llamas, obligándolos a subir hacia el helipuerto de la torre de control de la planta. Allí, bajo la furia de una tormenta que parecía querer lavar los pecados de la ciudad, los esperaba Elena. Ya no era la mujer impecable de las galas benéficas. Su ropa estaba rasgada, su cabello desordenado por el viento, y en su mano derecha sostenía una pistola de bengalas modificada, conectada a los tanques de gas metano de la planta.
—Se acabó, madre