La tormenta alcanzó su punto álgido, con rayos iluminando el interior de la planta como flashes de una cámara fotográfica. Antonio y Mia estaban en el centro del huracán, defendiendo la posición de Leo mientras el niño se acercaba a la terminal maestra. Los hombres de Elena descendían de las pasarelas, entablando un combate cuerpo a cuerpo desesperado.
Antonio se movía con una furia ciega. Ya no era el magnate, ya no era el fugitivo; era un padre protegiendo el último vestigio de su humanidad