La cabaña en Puerto Escondido quedó atrás como un sueño interrumpido. El viaje de regreso hacia las cercanías de la capital fue una odisea de caminos secundarios y tensión silenciosa. Leo se había quedado dormido en el asiento trasero, pero su respiración era pesada, y pequeñas gotas de sudor frío perlaba su frente.
Antonio conducía con una concentración asesina, mientras Mia revisaba los mapas que Sofía le había entregado días atrás. Se detuvieron en un área de descanso abandonada, rodeada d