El pueblo de Puerto Escondido no aparecía en la mayoría de los mapas turísticos, y eso era precisamente lo que Antonio buscaba. Era un lugar de casas de madera descoloridas por la sal y pescadores de rostros curtidos que no hacían preguntas a los extraños que pagaban en efectivo. Se instalaron en una cabaña solitaria en el extremo norte de la playa, donde el único sonido era el rugido rítmico del Atlántico chocando contra los acantilados.
Durante los primeros tres días, el silencio fue casi i