El Nivel 9 de la Torre Sepúlveda se había convertido en una cámara de tortura tecnológica. El aire, antes filtrado y frío, ahora estaba viciado por el ozono de los circuitos quemados y el olor acre del plástico fundiéndose. Tras la revelación de Octavio, el sistema de soporte vital que lo mantenía anclado a la realidad comenzó a emitir un pitido rítmico, una cuenta regresiva que resonaba en las paredes de hormigón armado.
Antonio sentía el calor de las llamas lamiendo las puertas de seguridad