El rugido de las turbinas del jet privado era el único sonido que llenaba el vacío del hangar, pero para Antonio, el ruido era una sentencia. Estaba sentado en el suelo de la cabina de carga, con las muñecas rodeadas por bridas de seguridad de grado militar. A su lado, Dante Sepúlveda, su propio reflejo oscuro, lo observaba con una sonrisa sangrienta desde el rincón opuesto de la celda de transporte.
—Irónico, ¿verdad, hermano? —siseó Dante, escupiendo un poco de sangre—. Los dos mejores productos de nuestro padre, encerrados por la mujer que dibujaba flores. Te lo dije: ella es la verdadera heredera del caos.
Antonio no respondió. Sus ojos estaban fijos en la compuerta que acababa de cerrarse. La imagen de Mia —no, de Alessandra— dándole la espalda mientras sostenía a Leo era una herida abierta que sangraba más que sus quemaduras. Ella no solo le había quitado a su hijo; le había arrebatado su identidad, su empresa y su propósito, usando las mismas armas de frialdad que él le había