El silencio en el despacho de los Alpes era tan pesado que Mia podía oír el zumbido de la sangre en sus oídos. La imagen de Antonio acariciando a Leo en la pantalla negra de su monitor seguía quemando su retina. Él no estaba muerto. Nunca lo estaba. Antonio Sepúlveda era una hidra; cortabas una cabeza y dos más surgían, más feroces y calculadoras.
—Señora Varga, el equipo de asalto está listo —irrumpió Marcos, con el rostro tenso—. Si salimos ahora, podemos rodear la isla antes del amanecer. Él no tiene salida.
—¡No! —el grito de Mia detuvo a Marcos en seco. Ella se puso en pie, su abrigo de cachemira ondeando como una bandera de guerra—. Si envías un solo hombre, él cumplirá su palabra. Conozco esa mirada, Marcos. Ya no es el hombre que intentaba recuperarme. Es el hombre que ha decidido que si no puede ser un padre, será un secuestrador.
Mia caminó hacia el ventanal, viendo la nieve caer. Su mente trabajaba a mil por hora, analizando cada palabra de Antonio. "Me enseñaste a ser u