El frío de los Alpes ya no calaba en los huesos de Mia; ahora nacía desde su propio centro. Ver a Antonio alejarse con Leo, mientras la acusaba de llevar el veneno de los Varga en las venas, terminó de demoler los restos de la mujer que creía en la redención. Cuando la pantalla mostró al hermano desconocido de Antonio y la amenaza biológica sobre su hijo, el mundo se detuvo. Pero Mia no gritó. No lloró.
Antonio se giró hacia ella, con el rostro desencajado por el miedo y la confusión. El llanto de Leo, ahora convertido en un quejido rítmico y antinatural, llenaba el aire.
—¿Quién es él, Antonio? —preguntó Mia. Su voz era tan gélida que incluso Marcos retrocedió—. ¿Otro secreto de tu familia de psicópatas?
—Es Dante... —susurró Antonio, su mano temblando sobre la cuna del niño—. Mi padre... él siempre hablaba de un "respaldo". Un hijo nacido en laboratorio, diseñado para ser el soldado perfecto del Proyecto Fénix si yo fallaba. Creí que era una leyenda para asustarme.
—Pues la leye