La Torre Sepúlveda se alzaba sobre el horizonte de la ciudad como un obelisco de cuarzo y soberbia, desafiando a las nubes con su estructura de acero reforzado. Para el mundo exterior, era el faro del progreso; para Antonio y Mia, era una bestia con mil ojos electrónicos que debían cegar uno a uno. El plan no permitía errores; un solo latido acelerado detectado por los sensores de estrés en los ascensores bastaría para que los protocolos de seguridad los sellaran en una tumba de cristal.
Mia